En 1990 el director japonés Akira Kurosawa dirigió Sueños (Dreams), una colección de ocho cortometrajes que mostraban en imágenes sendas ensoñaciones del por entonces anciano cineasta. Uno de estos sueños se titulaba El Monte Fuji en Rojo (Mount Fuji in Red), y fue considerado como uno de los sueños estéticamente menos interesantes de la película. Pero los hechos que están ocurriendo más de 20 años después del estreno del film en Japón, que sufre en estos momentos las secuelas de un devastador terremoto, un terrible maremoto y una de las mayores catástrofes nucleares de la historia, permiten apreciar de manera estremecedora la capacidad profética del realizador japonés. Una capacidad profética asociada comunmente a los sueños en la antigüedad.

En el sueño se menciona la explosión de seis reactores nucleares (curiosamente, el mismo número de reactores existentes en la central de Fukushima Dai Ichi, afectada por una espeluznante serie de accidentes nucleares) y se identifican algunos de los radionucleidos más perjudiciales para la salud humana y el medio ambiente presentes en los residuos nucleares (plutonio-239,  estroncio-90, cesio-137) y que pueden ser producidos por la emisión de material radiactivo descontrolada por un reactor nuclear destruido. Probablemente en Fukushima Dai Ichi ya se hayan emitido desde hace algun tiempo.

Porque uno de los principios básicos de la radiactividad inducida que los seres humanos hemos sido capaces de generar en un reactor de fisión nuclear parece haber sido olvidado después de 25 años de la primera gran catástrofe nuclear de nuestra era: no puede dejar de ser controlada. Si perdemos su control, no podemos volver a controlarla, y nos convertimos en peleles ante ella. Peleles autodestructivos. Y, estúpidos de nosotros, hemos vuelto a repetir nuestros errores a pesar de las experiencias pasadas.

De hecho, el final angustiante y aterrador del sueño guarda una extraordinaria similitud con la confusión, la desesperación, la inutilidad y la impotencia de las autoridades japonesas y de los gestores de la central nuclear devastada para poder poner algún remedio a la catastrófica situación que su inconsciencia, irresponsabilidad y soberbia ha creado. Las trágicas consecuencias de todo ello aún no se sabe cuanto alcance tendrán. Ni probablemente se sabrá con seguridad nunca. Años, décadas, tal vez siglos.

El siguiente sueño de la colección, ambientado en un Japón postapocalíptico, fue titulado El Ogro Llorón (The Weeping Demon). Esperemos que, en este caso, Kurosawa no haya tenido una capacidad visionaria similar a la mostrada en el cortometraje que le precede.